Estar pensando en vos es un misterio ajeno a la verdad de los comunes, un misterio capaz de incorporarte al flanco más sensible que me queda, un misterio que corre entre cristales, que se trepa a un relámpago, que sonríe en silencio y finalmente cuando la tregua rige se acomoda en un pliegue de mi almohada.
Mujer hecha de soles y ansiedades de pájaros, que robaste la intensidad del mar para tus ojos y caminas bailando, con la gracia del verde que acunara tu infancia, me pueblas los silencios si te alejas.
Si te marchas, descubro crecer el pensamiento tras tu imagen.
Le nacen besos, alas y caricias y hay un volcán derramando ternura por la ladera que habitan los recuerdos.
Cuando el hartazgo quiere -con su monotonía sin fronteras- inundar nuestras horas, resulta conveniente sellarle las ventanas con firmeza y esperar sin mirarlo siquiera, como si nada hubiese acontecido, que marche hacia el lugar en donde comenzó su absurda historia.
Y me quedé esperando con mis ojos buscando por todas partes por ver si aparecías y no llegaste, con mis manos cargadas de incertidumbre sin encontrar un sitio que las conforme, con el beso soñado entre los labios que se durmió en un frío innecesario, con las cuatro palabras que había ensayado y que tan sólo el viento supo existían y lamentablemente lo que más me lastima de esta agonía, está en mi corazón que no hace caso y te sigue esperando para su vida.